CARLOS ZANÓN
Cuida a los taxistas. Hubo un día en que fueron como tú. No trataron de entender las obras de las Glòries ni temieron llegar a casa por encontrarse un carril bici entre la cocina y el baño. Hubo un día en que no entregaron comisiones a los bancos por pagos con tarjeta de cuatro euros ni aguantaron a borrachos en la parte trasera de su coche. Cuida a los taxistas porque ellos regulan la intolerancia de tu ciudad, el azar y los chaflanes generadores de turistas británicas descalzas.
Cuídalos porque no en todos los coches puedes realizar un cambio integral de ropa, arrojar el papel del chicle al suelo y conocer de primera mano los planes de Trump en Siria. Cuídalos. Porque una sociedad que adora a los bomberos y odia a los taxistas es un lavabo sin desagüe. Los bomberos bajan gatitos de árboles y apagan incendios los ¬sesenta u ochenta días de trabajo por bombero que tienen. Los taxistas son hombres máquina a los que se les impone que descansen dos días semanales. Cuida a los taxistas porque hubo un día en que fueron como tú. Porque también quisieron tener familia y cambio de cincuenta euros.
Cuida a los taxistas. Hubo un día que no quisieron atropellarte. No quisieron evitar que tu existencia acabara en un asilo o en un pasillo de un hospital. El taxista es la procreación aleatoria y sexual en un mundo que quiere ser clonado. El taxi evita que se aplaste la individualidad en esta sociedad. Que te regodees en el Mobile World Congress y en la autocomplacencia. Un taxista es tu Mr.Hyde, tu Garfunkel, tu pareja molesta y decepcionada por cuitas nunca reveladas. Y es que has de cuidar a los taxistas porque hubo un día en que fueron rostros pálidos como tú. Un taxista es un ser solitario encerrado en un universo particular. Un taxista no tiene habitación propia para escribir su Diario y sí, en cambio, un trabajo durísimo.
El tráfico endiablado de una metrópoli, estar enganchado a un motor, el desequilibrio psíquico de la soledad y la alteridad de los pasajeros. Es Ahab. Es Shane. Es Dylan siempre de gira. Los taxistas vagan como apaches por tu ciudad sin destino fijo, atacados por una maldición prometeica: cada día es el mismo día y te van a sacar los higadillos. Un taxista es puro nihilismo. Un taxista lleva dentro de sí a Van Morrison, Van Damme y Van Bommel. Un taxista soporta tus preocupaciones, tus mentiras, tus llamadas al móvil, tus ganas de ser capataz.
Un taxista relativiza tus pecados al expresar con total libertad el objeto de su odio: alcaldes, arquitectos, abogados y payasos argentinos en los semáforos. Una huelga indefinida de taxis nos abocaría a masivas implosiones de malestar, a una sociedad sin ciudadanos indomables, en manos de vecinos bomberos y otra gente intachable. Cuídalos. Perdónales que se empeñen en decirte lo que pagan de autónomos, que sueñen con vacaciones en Semana Santa, que arranquen de las manos lo que lleves para colocarlo en su maletero. Cuida a los taxistas. Hubo un día en que, al girar, ponían intermitentes como tú. /La Vanguardia