Era un domingo sobre las 22 horas, iba por la zona del puerto cerca del Parque Santa Catalina, y a la altura de la parada de taxi me para un cliente joven de unos 20 años de edad, abre la puerta de atrás y se sube, no saluda, solo me dice al polígono San Cristóbal (digo lo de saludar porque es de mucha costumbre en Canarias). Empiezo el recorrido, iba muy callado, a mi no es que me guste hablar, pero cuando son clientes así tan jóvenes no me dan buena sensación que vayan tan en silencio. Ya llegando al polígono, me dice, pare por aquí, era un sitio muy poco transitable y tenía unos buenos y amplios jardines. No sé por qué, pero ya durante el recorrido pensaba que no me iba a pagar. Al terminar el recorrido se baja muy rápido y sale corriendo en dirección a los jardines, yo algo enfadado, cojo una barra de hierro de unos 70 cms de largo y 20 cms de ancho (la tengo siempre al lado izquierdo mío por la parte de abajo), y salgo corriendo detrás y empiezo a buscarlo por los alrededores durante 10 minutos, y de buenas a primera me pregunto ¡que hago por unos miserables 5 euros a lo mejor me busco la ruina!, pues inmediatamente pasé de seguir buscándolo, y me fuí hacia el taxi, (que por cierto dejé la puerta abierta del conductor y el motor en marcha). Me subo en el taxi y fui pensando tranquilamente, (por qué me entró este arrebato de coger la barra de hierro y intentar alcanzar al cliente para me pagara el servicio). Menos mal que tenemos algo en nuestro pensamiento, que te dice, ¡que haces, estás loco, y si lo llegas alcanzar le vas a pPiemonte-Taxistas-11

[1]egar con el hierro si no paga! esta fue la primera y última vez que he hecho algo así. (Es por lo que digo en el empezar de este diario que un taxista tiene que entrenarse un poco de todo), y uno de los momentos que tienes que saber controlarte es en este tipo de cosas, que te pasaran muy a menudo y no tienes que darle la mayor importancia). Estas anécdotas de no pagarte algunos clientes te pasarán siempre y más en el trabajo de taxista.