En 2004 tenía lugar la primera competición de coches autónomos (sin conductor) patrocinada por el gobierno de Estados Unidos en el desierto de Nevada. El coche autónomo era un concepto de ciencia ficción, y los prototipos solo eran capaces de recorrer unos metros sin salirse de la pista. Pasan solo 10 años y, gracias a avances tecnológicos sin precedentes, vemos que en 2016 los medios de comunicación hablan de los coches autónomos de forma generalizada: el prototipo de Google lleva millones de kilómetros recorridos por autopistas y zonas urbanas; Tesla comercializa vehículos con conducción semiautónoma.

Todas las principales marcas automovilísticas trabajan en diferentes prototipos y planean comercializarlos antes de 2020, y gobiernos como los de Nevada y Arizona han aprobado legislación para facilitar esta nueva industria. La transformación está en marcha y avanza mucho más rápido de lo esperado. En paralelo, el sector del transporte y la movilidad se está transformando de forma muy rápida. Servicios de transporte compartido como Uber o Blablacar han irrumpido por sorpresa en los últimos 6 años y están transformando el sector a marchas forzadas.

Esto es solo la punta del iceberg: ya se habla de la tercera revolución del transporte. Los conceptos clave son, por un lado, los coches autónomos, compartidos, conectados y eléctricos (ASCE en sus siglas en inglés) y, por otro, los servicios de movilidad como nueva oferta para el transporte de viajeros. Los pronósticos indican que por las ciudades circularán coches autónomos y que permitirán, a través de la tecnología, ofrecer distintos servicios puerta a puerta a cualquier hora del día, reduciendo así el número de accidentes o el espacio necesario para circular y almacenar vehículos, lo que conllevará ciudades más seguras y habitables. ¿Cómo afectarán todos estos cambios a las ciudades y a su movilidad? ¿Cómo puede una ciudad aprovechar estos cambios para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos?